MANUELA
Con esta obra, Eduardo González Viaña reafirma ser de esos escritores que parecen haber nacido con la pluma en una mano y una bandera en la otra.- dice Ronald Gamarra, el gran jurista, cuando enjuicia mi novela MANUELA SÁENZ Y LA LUNA DE PAITA. En la revista HILDEBRANDT
Manuela Sáenz llevaba tiempo apareciéndosele y, con ella, todo un séquito de fantasmas: Simón Rodríguez y sus disfraces, Bolívar y su casaca roja, Teresa Túpac Amaru y su silencio que habla; Nathán, la curandera del alma; Jonathás, la que sueña con los ojos abiertos. Un desborde de la imaginación, acariciado por décadas, esperando su hora y su calendario: porque Eduardo González Viaña no organiza su novela más reciente en capítulos, sino en ocho fases lunares en las que Manuela nace, crece, se llena, mengua y renace, como si solo el cielo tuviera paciencia para una vida tan larga y terca. La novela es Manuela Sáenz y la luna de Paita, y no podía empezar de otro modo que con una muerte que no llega. Esa escena inaugural condensa todo el libro: Manuela como una mujer que negocia con la muerte y siempre, de algún modo, la vence. Porque este no es un libro sobre cómo murió Manuela Sáenz, sino sobre cómo se negó, una y otra vez, a que la mataran del todo.
Manuela no es Manuelita. El diminutivo con que la historia oficial la redujo a “la amante de Bolívar” es la misma operación que este país sabe hacer tan bien con sus mujeres incómodas: achicarlas para que quepan en un casillero decente. El autor hace lo contrario. Le restituye su tamaño real: capitana de húsares, coronela del ejército colombiano, combatiente a pie y a caballo, espía, conspiradora, intelectual, curandera de recuerdos ajenos, mujer que se atrevió a cabalgar con las piernas abiertas cuando eso bastaba para escandalizar a un virreinato entero.
Nada más lejos del novelista que el papel de biógrafo o historiador. Sin embargo, la libertad narrativa no traiciona a la historia: la completa donde la historia oficial prefirió el silencio. Hay en esta novela una fidelidad mayor que la de cualquier acta notarial: la lealtad a lo que mujeres como Micaela Bastidas, María Parado de Bellido y Tomasa Tito Condemayta callaron porque no las dejaron hablar. Y no solo ellas: el libro nombra, una por una, a Bartolina Sisa, Gregoria Apaza, Manuela Cañizares, Cecilia Escalera y tantas más porque restituir un nombre es ya un acto de justicia. Porque el silencio de esas mujeres no fue derrota, sino la última forma de dignidad en el paredón. Teresa Túpac Amaru, superviviente de la Caravana de la Muerte, personaje literario, sí, que condensa una acusación histórica contra el silencio, contra el "borrado de la memoria de los naturales del Perú" que decretaron las autoridades virreinales y que tantas veces, con otros nombres, se sigue repitiendo. Por eso, cuando Teresa por fin le cuenta su historia a Manuela, el libro deja entender que en ese relato no habla una sola superviviente, sino todas las mujeres de la Caravana de la Muerte que jamás pudieron hablar.
Ese gesto, el de nombrar a la hermana silenciada, se repite con Jonathás y Nathán, las dos esclavas que acompañan a Manuela desde la niñez hasta Paita. Es de las páginas más duras y necesarias del libro. Eduardo no resuelve con un abrazo fácil la distancia real que separa a la señora de sus esclavas. Hay una escena, casi un contrapunto amargo a toda la épica libertaria, en la que Jonathás le reprocha a Nathán su fe ciega en la promesa de la libertad: le recuerda que los blancos harán su independencia como les plazca, pero que jamás se les ocurrirá extenderla a quienes sirven; que Manuela, por más cercana que parezca, sigue siendo blanca, y que esa distancia no se borra con cariño. El libro deja esa herida abierta, sin remedio de curandera, porque sabe que la libertad de una nación y la libertad de un cuerpo esclavizado no siempre llegan al mismo tiempo ni por el mismo camino.
El realismo alucinado de González Viaña alcanza aquí su expresión plena en esta novela donde habla un caballo, canta una Virgen degollada por un pirata inglés, un dragón nace de un huevo escondido en la oreja de una esclava, la lluvia conversa con la protagonista sobre la madre que no conoció. Sin embargo, nada de eso resulta gratuito ni decorativo. El delirio no adorna la historia: está ahí para nombrar lo que la historia, con su aparato de fechas y actas, no puede decir. La imaginación no compite con la historia: la completa donde la historia calla.
Por lo demás, la novela hace de Paita el lugar donde los escritores llegan sin saber que están a punto de nacer: ahí está Ricardo Palma tomando nota de la anciana rebelde en su hamaca de Guayaquil; y ahí Herman Melville hace cola para que Manuela le escriba una carta y se presenta, torpe, citando sin saberlo la primera frase de la novela que aún no ha escrito: "Por favor, llámenme, Ismael". Y hay, sobre todo, esa Paita convertida en microcosmos: un puerto minúsculo y polvoriento donde, sin embargo, se cruzan Bolívar, Olmedo, Simón Rodríguez, la propia Manuela, como si toda la historia de América tuviera que pasar, tarde o temprano, bajo esa luna que -dice el libro- es la más brillante del universo.
Manuela vivió en Paita casi treinta años, despojada de su grado militar, expulsada de tres países, pobre hasta vender dulces y bordados en el muelle. Ninguna derrota logró apagarla. “A la muerte no le temo”, dice en algún momento de esta novela. “Lo que temo es no morir de amor”. Ese es, me parece, el verdadero centro del libro: no la gesta militar, sino la fidelidad de una mujer a su propio fuego, incluso cuando el mundo entero se empeñó en apagárselo.