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MANUELA SÁENZ NO ES MANUELITA

LA REPÚBLICA – desde ahora, el mayor diario del Perú- DEDICA DOS PÁGINAS A SÁNUELA ´SAENZ. ¡Gracias! Manuela es la culpable de todo esto. Me entrevista Gabriel Ruiz Ortega. Hablamos sobre mi novela MANUELA SÁENZ Y LA LUNA DE PAITA 

Eduardo González Viaña.

Publicado: 2026-07-29





1. La figura de Manuela Sáenz es un constante interés para ti. ¿De dónde nace este interés por ella?

Manuela Sáenz es una hija de nuestra América. No se le puede adjudicar ciudades de nacimiento porque ha nacido en todas. Es bella y levantisca como la levantisca y bella tierra que la ha engendrado. Estoy interesado en su figura como en la de Micaela Bastidas, Ventura Ccalamaqui o la de Juana Azurduy, formadas por una tierra que nunca se rindió. A ellas poco se las menciona o se las coloca en un modesto segundo plano, y no debe ser así.

Sin ellas, no puede explicarse la hazaña de juntar desde el Cuzco un mundo hecho pedazos, como hizo Micaela Bastidas, o de proseguir una revolución que Manuela peleó al lado de Bolívar y que todavía no ha terminado.

2. La imagen que se ha tenido de Manuela Sáenz, se ha suscrito a ser la compañera y amante de Simón Bolívar. ¿A qué crees que se deba esa reducción de su imagen?

A quienes la limitan a ese papel y tan solo la llaman “Manuelita”, hay que decirles lo siguiente: ante todo, Manuela no es Manuelita. Es Manuela Sáenz Aizpuru, nacida en 1797 en Quito, pero ciudadana de una patria mayor, la gran patria latinoamericana. Fue Capitana de Húsares, Coronela del Ejército colombiano, Caballeresa del Sol, Libertadora del Libertador, combatiente a pie y a caballo en las batallas de Junín y Ayacucho.

Hay que recordar también que Manuela se formó en las lecturas de los enciclopedistas franceses, y que muchos años antes de que conociera al Libertador ya había logrado que el mayor regimiento español —el Numancia— se pasara a las filas patriotas.

Lo que ocurre es que algunos criterios pasadistas y patriarcales no pueden imaginar de otra manera a las mujeres que participan en la vida de nuestros países. De la misma forma, cuando representan su figura, suelen centrarse en las voluptuosidades de su cuerpo, lo que equivale a pedir que se represente a un héroe masculino mostrando sus rodillas.

3. Esta no es la primera novela en la que abordas a las figuras de la independencia. ¿Qué detalle de la vida de Manuela te generó trabajo investigar para Manuela Sáenz y la luna de Paita?

El mejor y más encantador trabajo fue visitar Paita y caminar por sus calles estrechas y su playa mentirosa durante dos semanas. La verdad es que no fue el más difícil, sino el más bello porque también yo he vivido en un puerto como aquél en mi infancia, y lo siento como el poema de Spelucín:

“Puertos de Dios,

tirados en la arena,

como la arena parda,

por aquí, por allá.

Amados de los vientos,

amados de los dioses,

y de lo que se viene

y de lo que se va”.

Manuela Sáenz tuvo que sobreponerse a la pobreza allí y convertirse en madre, doctora y consejera de ese pueblo durante décadas. La animadversión de los gobiernos enemigos de Bolívar así lo determinaba, pero ella resistió. Estudiar su tiempo fue para mí, en realidad, como vivirlo.

4. Las novelas que has escrito sobre las personalidades peruanas pueden ser catalogadas de novelas históricas. Como escritor, ¿en qué radica la tensión narrativa: en los datos que descubres o en la libertad de la escritura? O, en otras palabras, ¿a partir de qué momento inventas?

En mi novela “El largo camino de Castilla”, don Ramón, el personaje, se detiene frente a la puerta abierta de la catedral de Arequipa y descubre que allí se encuentra la mujer más guapa que ha visto en su vida. Entra al templo y escoge un lugar detrás de ella. De esta manera, cuando el sacerdote ordena a los fieles darse el saludo de la paz, Ramón abraza a la muchacha y, sin darse cuenta, le da un beso en los labios. Ella es la dama con quien después se casaría.

Cuando mi amigo, el padre Alejandro Cusiánovich, leyó la novela me felicitó por ella, pero me hizo la atingencia de que el episodio en la misa no podía ser cierto porque la liturgia que indica a los fieles saludarse es mucho más reciente.

Alejandro tenía razón. Todo es cierto en la novela, aunque ese momento lo copié de algo que en realidad me había ocurrido recientemente. Con ello quiero decir que todo es verdad en una novela, porque todo es verdad en la versión del escritor.

5. La oralidad sigue presente en tu escritura, es una oralidad andina y también cosmopolita. Últimamente hay novelas que están rescatando esa oralidad debido al mágico sonido de las lenguas originarias. ¿Lo percibes así o aún hay mucho por hacer?

Las sirenas aparecen en medio de la selva y hablan en mis novelas. ¿En qué otro idioma lo harían si no en el suyo? También lo hacen los árboles y las montañas, e incluso el caballo del mayor de nuestros presidentes da una declaración. Así ocurre también con el caballo de Manuela que se explaya contándonos qué sentía cuando ella cabalgaba sobre su lomo en las batallas. Me resultaría difícil traducir todos esos decires al habla de un profesor de matemáticas o al discurso de un congresista.

Cuando yo era pequeño, me pasaba la noche junto con dos indios armados de machetes frente al río. Cuidábamos el agua que abastecía el fundo de mi padre. Allí aprendí a hablar con los campesinos y, con ellos, también a hablar con el agua y con la noche en un idioma que es mío tanto como lo es el castellano de Cervantes.

Cuando le preguntaron a Juan Rulfo por qué había usado el lenguaje que utilizó al escribir Pedro Páramo, él respondió: “Comala es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio”. El asunto es que, en este caso, Rulfo solo podía utilizar esa oralidad, la de los aparecidos.

6. Habiendo sido una heroína de la independencia, fue desterrada y vivió sus últimos años en Paita. Una mujer como Manuela Sáenz, hoy, ¿estaría calificada de empoderada? ¿El mundo de hoy nos muestra más mujeres como ella?

Siempre ha habido mujeres como ella. Lo que ocurre es que la mirada sesgada de algunos y el patriarcalismo arcaico de otros ha impedido hasta mencionarlas.

7. Si bien Manuela Sáenz no es peruana, pero bajo tu mirada es un personaje literario peruano. ¿No te extraña que no haya muchos personajes mujeres en la literatura peruana en general?

No suelo distinguir peruanos de ecuatorianos o colombianos. Para mí, esta tierra y sus habitantes siempre fueron y serán algún día la gran patria latinoamericana. Manuela Sáenz es tan paisana nuestra como lo es María Parado de Bellido o Santa Rosa de Lima. Conforme la crítica machista pierda sus legañas encontrarán que nuestro mundo es más bello de lo que piensan. Es también un mundo de locas y encantadoras mujeres. Solo hay que aprender a verlas para escribir sobre ellas. Como decía Mario Benedetti:

“Si te quiero es porque sos

mi amor, mi cómplice, y todo

y en la calle codo a codo

somos mucho más que dos”

8. Tienes muchos años de trayectoria y has visto de todo. Tú eres un autor reconocido. ¿Consideras que la torta del reconocimiento está bien repartida en la literatura peruana? ¿Cómo la ves en estos momentos?

La única torta que a mí me gusta es la Tiramisú. Las demás, pueden repartírselas a su buena gana porque ni yo ni nadie estará observando.

9. ¿Qué es lo que te motiva a seguir escribiendo?

Escribo para vivir y vivo para escribir. Creo que todo lo que escribo es, al final, autobiográfico, aunque no haya atravesado la selva ni suela hablar con los árboles. Los personajes de mis historias son generalmente amigos míos o gente a quien le quiero tomar el pelo. Lo quiera o no lo quiera, el escritor es autobiográfico.


Escrito por

EDUARDO GONZALEZ- VIANA

Novelista, periodista y profesor universitario en Estados Unidos, Eduardo González Viaña publica cada semana la columna “Correo de Salem” que aparece en diarios de España y de las Américas. Inmigración, cultura y análisis político son sus tópicos más frecuente


Publicado en

El correo de Salem

Un blog de Eduardo González Viaña