LA ACADEMIA PERUANA DE LA LENGUA PASA LA VOZ
—Señor, le recomiendo que revise su vocabulario. En provincia, antes de venir a Lima, ustedes deberían estudiar castellano. Me reprendió el cajero de la panadería.
Esta mañana he sido duramente reprendido. De paso por una tibia y olorosa panadería del barrio, solicité unos “chaplas” que se exhibían allí. El cajero me corrigió:
—No se dice “chapla”. Se dice “pan andino”.
—Oh, disculpe, “chapla” es lo que he escuchado siempre.
—Señor, le recomiendo que revise su vocabulario. En provincia, antes de venir a Lima, ustedes deberían estudiar castellano.
Me ha preocupado esta recomendación por dos razones. La primera es que tanto el castellano como una serie de idiomas nativos son el habla de mi país. La segunda es porque la intolerancia no es la mejor forma de enseñar castellano.
La verdad es que no sé lo que van a pensar mis colegas de la Academia Peruana de la Lengua Española, de la Academia Norteamericana y de la Real Academia Española. Lamentablemente, soy miembro de las tres.
Aunque mucha gente supone que los académicos somos una suerte de policías del idioma, nuestra misión es absolutamente otra. El fundador de la Academia Peruana, Ricardo Palma, logró que se incorporaran al diccionario una serie de palabras y frases del habla coloquial del Perú y de toda América.
Como decía el español Emilio Castelar: “El alma de los idiomas está en su sintaxis más que en el vocabulario. ‘Enriquézcase este y acátese aquella’, tal es nuestra doctrina”.
El tradicionista Palma, además, acudió a España en 1892 para participar en una reunión en la que defendió, empecinado y con sorna, el requerimiento de aceptar los vocablos no solo peruanos sino americanos que representaban, ya en ese tiempo, una mayoría desbordante entre los hablantes de español.
No fue fácil, pero lo logró. En una carta que Palma le envió al destacado escritor español Benito Peres Galdós, recordaba cómo fue su mala experiencia con la Academia Española:
“Cuando […] mi Gobierno me honró confiándome la representación del Perú en los Congresos del Centenario de Colón, acepté sólo halagado con la idea de que no me sería difícil unificar a españoles y peruanos en cuestión de lenguaje. ¡Valiente chasco me llevé! No oculto a usted que regresé muy descontento de una corporación tan intransigente y tan aferrada al pasado”.
Por cierto, el pasado de la Academia se ha convertido en futuro y, ahora más que nunca, hay una apertura completa y una investigación exhaustiva de palabras que en verdad nos representan. Recordemos que más que seres humanos, nosotros somos palabras.
Hace diez años, tuve la alegría de publicar una antología de cuentos escritos por académicos hispanoamericanos residentes en los Estados Unidos. Lo hice con Gerardo Piña-Rosales, presidente de ANLE, nuestra corporación, y su título es “Los académicos hablan”. Al parecer, no solo hablamos. Hacemos todo lo posible por darnos a entender.
¿Sería posible hablar en nuestro tiempo con el heroico caballero de La Mancha en el caso de que viviera? Sí, lo sería, porque si bien todo cambia, la morfología y la sintaxis son más lentas en variar. Hagamos el intento, por favor.
Acaba de ser elegido presidente de la Academia Peruana de la Lengua Harry Belevan, dentro de una directiva a la cual también pertenezco. Y sigo empeñado en comer pan chapla.
A lo largo del tiempo, los intelectuales que han presidido la institución son Francisco García Calderón y Landa, Ricardo Palma, Javier Prado, José de la Riva Agüero, Víctor Andrés Belaunde, Aurelio Miró Quesada, Estuardo Núñez, Augusto Tamayo Vargas, José Jiménez Borja, Luis Jaime Cisneros, Marco Martos, Ricardo Silva Santisteban, Eduardo Hopkins.
Actualmente, la Academia se ha volcado con ímpetu a servir a la comunidad. Tiene publicados en línea el Diccionario de Peruanismos y casi todos los libros que edita, además de la revista llamada “Boletín de la Academia Peruana de la Lengua”, publicación indexada que figura entre las más cotizadas en el Perú.
Como decía el poeta Marco Martos:
“Un peruano dice: ‘cuando te despiertes, pásame la voz, que tengo que ir a la chacra’ y ‘por la tarde debo ir a la cancha a divertirme con la pelota’. Y eso está bien, es nuestra manera de hablar. Las academias registran, ven los usos mayoritarios y los recomiendan. No imponen nada a nadie. Con gusto podrían dar clases a los parlamentarios recientemente elegidos para que redacten con propiedad las leyes”.
A lo mejor bastará con invitarles una taza de Api o de infusión de muña con una chapla y una humita caliente.