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LA CANCIÓN DE JOSÉ MARÍA

“En mi libro no hablo únicamente de cómo lloré lágrimas ardientes; con más lágrimas y con más arrebato hablo de los pongos, de los colonos de hacienda, de su escondida e inmensa fuerza, de la rabia que en la semilla de su corazón arde, fuego que no se apaga...” De mi nuevo libro KACHKANIRAQMI, ARGUEDAS:(Pronto en el Perú. Ahora, en Amazon.com)

Por Eduardo González Viaña

Publicado: 2023-01-20


Después de escribir varias cartas, José María descansó. Se acercó a la ventana, y su mirada atravesó el extenso y verde campus de la universidad. Tal vez pensó que, luego de dispararse, su alma iba a tardar un poco en recorrer los edificios, esquivar las nubes y sobrevolar los árboles antes de irse ya por completo. ¿Cuánto tardaría? Menos de un segundo, pero la sensación sería de muchos años toda vez que el tiempo tiene otras dimensiones para los que han levantado un arma y la están mirando, como lo hacía aquella tarde el escritor.

Estaba en el baño, con camisa blanca y corbata de un azul intenso. Llevaba la pistola en la mano derecha. En ese momento recordó que le faltaban dos cartas por escribir y estuvo a punto de regresar al escritorio. Sin embargo, se dio cuenta de que el temor lo estaba obligando a escribir cartas dilatorias. Dejó la pistola sobre el plano del lavadero y, libre de ella, se acercó al espejo como hace la gente para ubicar en su rostro una arruga o una sombra, pero sus ojos atravesaron un recuerdo triste. Tal vez se acordó de la primera vez en que había muerto.

Se vio tirado de bruces sobre un manantial y mirándose la cara en el espejo del agua y luego pidiéndole a Dios que se lo llevara de una vez.

Recordó después que, ya en Lima y viviendo juntos, Sybila le había servido para contactar con el luchador agrario Hugo Blanco, quien se encontraba preso después de haberse alzado con miles de campesinos y haber tomado con ellos muchas haciendas del Cusco. José María se había identificado con esa lucha, aunque no hubiera participado en ella, y ahora le parecía que todo esfuerzo rebelde estaba condenado a la derrota y, él mismo, iba a ser para siempre un abogado de causas perdidas.

Le escribió en quechua y luego se tradujo:

Hermano Hugo, querido, corazón de piedra y de paloma: Quizá habrás leído mi novela Los ríos profundos. En ese libro no hablo únicamente de cómo lloré lágrimas ardientes; con más lágrimas y con más arrebato hablo de los pongos, de los colonos de hacienda, de su escondida e inmensa fuerza, de la rabia que en la semilla de su corazón arde, fuego que no se apaga...

Quizás en esos momentos sintió que se le doblaban las rodillas y que el alma se le estaba escurriendo porque no había calculado perfectamente el momento del disparo. Entonces, miró su mano derecha y le ordenó que estuviera lista. Empuñó la pistola. La levantó. La colocó sobre su sien derecha y se miró otra vez en el espejo. Tenía que acertar.

Entonces cruzó el cielo una bandada de pájaros. Tal vez intentaban acompañarlo en su viaje. Acaso venían por él porque José María era también uno de ellos.

Disparó.

Los pájaros prendidos en el cielo se pasaron la noche esperando en vano porque ese hombre no había concluido de matarse. Comenzaba la agonía, y la agonía es muy larga para los inmortales. José María había pretendido que su muerte ocurriera un viernes para que, de esa forma, las exequias funerarias se produjeran durante el fin de semana, pero no fue así, estuvo agonizando durante cinco días. El médico comprobó su deceso el 2 de diciembre de 1969.

Allí, enfrente, Máximo Damián levantó el violín, rasgó sus cuerdas, miró hacia el cielo, obtuvo permiso y, por fin, emitió algo que parecía ser el sonido primero de la creación. Frenética y arrolladora, la vida volvió a brotar.


Escrito por

EDUARDO GONZALEZ- VIANA

Novelista, periodista y profesor universitario en Estados Unidos, Eduardo González Viaña publica cada semana la columna “Correo de Salem” que aparece en diarios de España y de las Américas. Inmigración, cultura y análisis político son sus tópicos más frecuente


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El correo de Salem

Un blog de Eduardo González Viaña