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ALFONSO GRAÑA, REY DE LOS JÍBAROS

... Alfonso Graña es reconocido como rey y gobierna sobre miles de súbditos en un territorio cuya extensión equivale a la mitad de España. Asumirá la dignidad de Apu sobre las tribus jíbaras, aguaruna y huambisas en los ríos Nieva y Santiago del Alto Marañón.

Por Eduardo González Viaña

Publicado: 2022-09-10


¿Qué hay para el oeste? –dicen que preguntó Alfonso Graña–, cuando apenas tenía 16 años y habitaba el deprimido noroeste de España.

–Nada. – le contestaron.

–Aquí no hay nada tampoco.- replicó él y salió de Avión, su aldea en Galicia, donde lo único que había era hambre.

Caminó después 80 kilómetros hasta llegar al puerto de Vigo. Tomó un barco. Llegó a Brasil. Vivió en Manaos y Belén de Pará y por fin atravesó la Amazonía hasta llegar a Iquitos.

Un tiempo después se internó en lo más profundo de la selva donde se perdió, fue hecho prisionero y por último coronado rey de los jíbaros.

“FORMIGAS” EN LA SANGRE

No es tan rápida la historia. Hay que precisar que ocurrió a fines del siglo XIX cuando la mayor parte de la península española padecía una incurable miseria.

Ildefonso Graña Cortizo, (Avión, Galicia, 1878 – Datem del Marañón, Perú, 1934), debió marcharse de su pueblo en 1904. Desde el puerto de Vigo partían cinco barcos cada día colmados de españoles que ansiaban “hacer la América”.

Al Brasil debe de haber llegado de 18 años. Labora allí como cauchero, pero como lo decía en gallego, tenía “formigas en la sangre” y, unos años más tarde, se va caminando y navegando a trechos hasta llegar al puerto peruano de Iquitos.

Hará fortuna allí, pero eso no le basta. Con otro amigo gallego toman un deslizador y se hunden en el horizonte rumbo del Pongo de Manseriche donde, según les había anunciado un brujo, los estaba esperando el destino.

El alto y rubio extranjero también usará cerquillo y cazará como ellos.

UNA CORONA Y UNA CABEZA REDUCIDA

Era cierto. El destino los esperaba, pero de manera diferente. En medio de los vapores del ayahuasca, ambos habían visto una corona y muchas cabezas. ¿Significaba eso que se convertirían en reyes con miles de súbditos?

El vaticinio era algo confuso pero acertado. Se encontraron con una tribu de huambisas, de la familia de los jíbaros. Como se sabe, estos guerreros son conocidos por su costumbre de reducir la cabeza de sus enemigos y de convertirlas en trofeos.

HÁBITAT JÍBARO EN PLENA AMAZONÍA

El amigo fue de inmediato degollado y quizás su cabeza, del tamaño de un puño, adornó en el futuro el collar de un guerrero feroz. Cuando Alfonso iba a correr la misma suerte, una bella joven lo miró. Era la hija del curaca quien solicitó al mismo la libertad del prisionero y, además, que se lo entregara como esposo.

Convertido en real yerno, Alfonso asumirá también las costumbres y el estilo de vida de los jíbaros. El alto y rubio extranjero también usará cerquillo y participará en las tareas de cacería. La gente lo creerá sagrado porque no lo afecta la picadura de las tarántulas ni cae víctima de las enfermedades de la selva. Además, es muy valiente. No se molesta en amarrarse a la canoa para subir y descender los ríos.

Muerto su suegro, Alfonso Graña es reconocido como rey y gobierna sobre miles de súbditos en un territorio cuya extensión equivale a la mitad de España. Asumirá la dignidad de Apu sobre las tribus jíbaras, aguaruna y huambisas en los ríos Nieva y Santiago del Alto Marañón.

Alfonso I hará un gobierno sagaz. Establecerá alianzas con las tribus vecinas y resguardará la unión de las tribus confederadas. Logrará que su gente extienda el comercio hasta la próspera ciudad de Iquitos.

Las relaciones entre aquella autoridad regional y el gobierno peruano nacieron como fruto de una noble acción de los jíbaros. En 1933, un avión de la Fuerza Aérea del Perú se estrelló en la selva. A bordo iba como piloto el oficial Alfredo Rodríguez Ballón.

En una aventura sin precedentes, Alfonso I y los suyos rescatan el cadáver superando los peligrosos rápidos. Luego lo embalsaman, construyen un féretro y lo llevan a Iquitos. La gratitud y reconocimiento de la FAP pronto llegaron hasta el valiente gallego.

Tuvo dos hijos con la hija del jefe de los jíbaros, de los cuales, la niña (que era la mayor) murió muy joven, hacia los 10 años. Hace algunos años, un nieto suyo llamado Kefrén Graña era líder de la Federación de Comunidades Wampis de Río Santiago.

He leído que el monarca gallego se dejaba ver de vez en cuando en Iquitos. Comerciaba caparazones de tortuga, monos y carne curada Tal vez para fastidiar, usaba un sombrero de copa de estilo masónico. Lo acompañaba un séquito de jíbaros, paseaban en un carro descubierto y se devoraban todos los helados de la ciudad.

Un día, según me contó un anciano jíbaro, Alfonso I se metió en el cuerpo de un ave y se fue volando de regreso a la tierra donde naciera. A todos nos llega la hora.


Escrito por

EDUARDO GONZALEZ- VIANA

Novelista, periodista y profesor universitario en Estados Unidos, Eduardo González Viaña publica cada semana la columna “Correo de Salem” que aparece en diarios de España y de las Américas. Inmigración, cultura y análisis político son sus tópicos más frecuente


Publicado en

El correo de Salem

Un blog de Eduardo González Viaña