sin ciencia no hay futuro

La vacancia del virrey y del presidente

Dicen que la historia se repite. En 1678, el virrey tuvo que dejar su cargo al odiado arzobispo de Lima, Melchor de Liñán. Felizmente, Monseñor Cipriani ya no está en el cargo.

Por Eduardo González Viaña

Publicado: 2020-09-28

El asunto de la vacancia ya pasó. Ha sido una pirueta grotesca de algunos personajes encaramados en el Congreso. El recuerdo inmediato solamente nos trae los hedores de PPK y de Fujimori en esos trances. 

Junto a esas experiencias, hay sin embargo en la historia peruana dos gobernantes decentes que sufrieron la misma suerte y cuya honestidad se reconocería mucho más tarde.

Vacado por los corruptos

El más antiguo es el vigésimo virrey del Perú, Baltazar de la Cueva Henríquez y Saavedra, conde de Castellar, un moralista implacable que saneó la Hacienda Pública, mantuvo a raya a los corruptos y no dudó en usar contra ellos la pena capital.

Además de realizar economías en los gastos públicos, dice Ricardo Palma que “castigó con extremo rigor los abusos de los corregidores, y practicó minuciosa inspección de las cajas reales.”

Además, “por resultado de su tarea marcharon al presidio de Valdivia varios empleados fiscales, se ahorcó al tesorero de Chuquiayo, y fueron confiscados los bienes de los culpables.”

Sus investigaciones lo llevaron a enterarse de que la administración de La Paz había defraudado a la Corona. Al esclarecer los hechos, envió a la horca a los principales inculpados.

El celo impuesto en los negocios públicos y la dureza en el afán recaudatorio originarían una serie de quiebras en empresas que estaban acostumbradas a trabajar de manera irregular. Los propietarios de las mismas se convirtieron en los primeros enemigos del virrey.

En vista de que el monopolio comercial producía el encarecimiento de los bienes y ganancias usurarias para unos cuantos, el virrey hizo también intentos de controlarlo. Ese sería su error.

A la enemistad de los ricos peruanos, sumó el conde de Castelar la de los mercaderes de Sevilla que comenzaron a pedir su remoción. Se le acusó de haber dejado que los galeones de China desembarcaran mercancías, telas, sedas, porcelanas, joyas, tafetanes, brocados, medicinas y especias en el Callao.

Durante el verano de 1678, todo Lima se preguntaba si el virrey renunciaría. No fue así porque, sin escucharlo, el rey Carlos II ordenó su destitución.

En desgracia, Castellar se retiró a vivir primero en Paita y después en Santiago de Surco. Dos años después, el implacable juicio de residencia determinó que el virrey era inocente de todas las acusaciones que se le había imputado.

Golpeado por los ladrones

Durante la República, Guillermo Enrique Billinghurst fue presidente de 1912 a 1914. Hombre de avanzada, intentó mejorar el sistema de vivienda y enseñanza de los trabajadores, concedió a los obreros del Callao la jornada de ocho horas y garantizó el derecho a la huelga.

Por fin, propuso una legislación social moderna e intentó establecer una reforma electoral que diera plena representatividad a los sectores populares. Esto le pareció demasiado a la oligarquía peruana.

Se le intimó a que renunciara, pero el presidente decidió disolver el Congreso y convocar al pueblo para realizar reformas constitucionales. Sus enemigos del Legislativo decidieron darle la vacancia por incapacidad moral, y Billinghurst intentó formar milicias populares. Por fin, la oligarquía encontró el militar que necesitaba y lo contrató para dar el golpe de Estado.

En la madrugada del 4 de febrero de 1914, el teniente coronel Óscar. R. Benavides atacó Palacio y, tras un enfrentamiento sangriento, ordenó la prisión del presidente que luego sería deportado a Iquique.

Fujimori y Kuczinsky no se parecen en nada al virrey Castellar ni al presidente Billinghurst. Son la antípoda.

Dicen que la historia se repite. En 1678, el virrey tuvo que dejar su cargo al odiado arzobispo de Lima, Melchor de Liñán. Felizmente, Monseñor Cipriani ya no está en el cargo.


Escrito por

EDUARDO GONZALEZ- VIANA

Novelista, periodista y profesor universitario en Estados Unidos, Eduardo González Viaña publica cada semana la columna “Correo de Salem” que aparece en diarios de España y de las Américas. Inmigración, cultura y análisis político son sus tópicos más frecuente


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El correo de Salem

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