la naranja está partida

EL ÁRBOL DE CARTULINA

El periódico me permite cien palabras más, pero no puedo seguir escribiendo. Pienso en la Navidad de las mujeres que están detrás de la pared de la cárcel.

Por Eduardo González Viaña

Publicado: 2018-12-23


Tengo ante mí una tarjeta de Navidad que adquirí en una exposición- venta de manualidades de reclusos carcelarios en el Instituto Cultural Peruano Norteamericano de Miraflores.

Ha sido hecha a mano con cartulinas rojas, verdes y blancas a las que se ha añadido escarcha y algunas chaquiras. La ha confeccionado una mujer que lleva 27 años en la cárcel luego de haber sido condenada por el delito de terrorismo.

No menciono su nombre ni hago juicio alguno acerca de la causa por la que ha entregado su libertad y la mayor parte de su vida esta reclusa. Es más, no la conozco personalmente ni tengo mucha información sobre ella porque viví en el exterior durante los años del terrible conflicto armado interno.

Sin embargo, la curiosidad me hizo entrar en el Internet y así encontré partes de una carta suya escrita hace 10 años en la que cuenta su vida. Dice:

“Tengo dos hijos hermosos que son mi luz y mi fuerza, muchas veces les he dicho a ellos, que si bien yo les di vida, son ellos los que me dan vida día a día con su sonrisa, con sus caricias y con su amor.”

Añade:

“Estoy sentenciada a 30 años de prisión. Los primeros cinco años me tuvieron recluida en la cárcel de la Base Naval del Callao, años en el que el silencio absoluto y la soledad aplastante fueron mi única compañía… La luz del sol solo la podía gozar por media hora diaria, en un espacio reducido que hacía de patio. No sé si ustedes ¿han dejado de hablar con absolutamente nadie por más de un año?...”

¿Qué pensó durante esa experiencia?... Lo dice también:

“Como decía Nietzsche: “Cuando tienes un POR QUÉ vivir, siempre hallarás el CóMO vivir”. Y mi motivación fue y es mantener mi sensibilidad humana y con ella trabajar porque en mi entorno y mi comunidad aprendamos a vivir en paz, armonía y esencia, sin saber que aún me faltaría mucho por pasar…”

¿Qué vino después?

El sistema penal, tanto en el Perú como en cualquier otro país civilizado, contempla la pena no como un castigo sino como un mecanismo de reeducación y de reinserción. Por esta razón, la redención por el trabajo y la buena conducta le sirven al recluso para reducir su condena.

Pero… Una Navidad, cuando sus hijos le preparaban a esta señora una recepción en casa de regreso a la libertad, Alan García promulgó una ley que anulaba los beneficios penitenciarios de libertad condicional y redención por educación y trabajo para los sentenciados por el delito de terrorismo, argumentando, entre otras, “razones de Estado”.

En nuestros tiempos, finalmente, el congreso de mayoría aprofujimorista impuso severos límites al trabajo de quienes, cumplida su sentencia, salieron de las cárceles.

Desde ningún punto de vista es aceptable que los civiles hayan iniciado una guerra. Pero tampoco es admisible que el Estado emprenda una represión con tanta ferocidad y por encima de los límites que la Constitución le impone.

Y encima de todo que, 20 años después de terminada la guerra, se dinamite sus tumbas o se decrete la muerte civil de quienes ya sufrieron largas prisiones con métodos tan perversos como negarles el trabajo en sus profesiones.

El periódico me permite cien palabras más, pero no puedo seguir escribiendo. Pienso en la Navidad de las mujeres que están detrás de la pared de la cárcel. Prefiero mirar otra vez la tarjeta, contemplar el árbol, pensar en los niños y los padres congregados bajo su sombra y agregar las palabras de la carta: “No permitamos que los corazones se oscurezcan con la tristeza.”


Escrito por

EDUARDO GONZALEZ- VIANA

Novelista, periodista y profesor universitario en Estados Unidos, Eduardo González Viaña publica cada semana la columna “Correo de Salem” que aparece en diarios de España y de las Américas. Inmigración, cultura y análisis político son sus tópicos más frecuente


Publicado en

El correo de Salem

Un blog de Eduardo González Viaña